En 2018, en la Universidad de Toronto, inspirados por un libro alegremente titulado Assholes: *A Theory, comenzamos un grupo de discusión mensual. Entre profesores, estudiantes, graduados y profesionales interesados, discutimos nociones complejas y difíciles de traducir: la de “asshole”, por ejemplo, o cómo entender los sentimientos modernos de “entitlement”, y cómo adquirir la perspicacia para lidiar, tanto con los “assholes” cotidianos, como con nuestras propias tendencias hacia comportamientos indeseables.

El antídoto para la “assholería”, concluimos después de nuestro primer año de reuniones, es la comunidad. En la comunidad uno pierde su anonimato y para beneficiarse de la labor colectiva y sus frutos, cada quién debe aceptarse como responsable dentro de una dinámica grupal.

Para mí, esta idea de lo comunitario se mantuvo cómodamente en lo teórico hasta el verano de 2019. Por años me hizo ilusión vivir en un edificio lleno de anónimos verticalmente amontonados, herméticamente asilados; una vez hasta llegué a expresar orgullo de no conocer el nombre de mis vecinos. El 3 de julio del 2019, sin embargo, una mujer que había visto e ignorado en los ascensores, me entregó un volante en el que se leía “SAY GOOD-BYE TO AIRBNB”, que denunciaba problemas de prostitución, una red de drogas, y fiestas constantes, entre otras cosas que estaban ocurriendo en nuestro edificio. Mi vecina me urgió a asistir a la reunión anual de propietarios esa noche, para que entendiera el impacto de los alquileres a corto plazo en nuestro edificio. Había logrado esquivar esas reuniones desde 2015. Nuestra interacción me recordó que aún en ciudades anónimas se aplica el contrato social.

En la reunión noté el ambiente cargado, tenso. Confieso que sentí sorpresa al ver la sala repleta de gente de carne y hueso, y no de los fantasmas a los cuales había por años ignorado. La reunión comenzó, presidida por un Consejo compuesto de cinco voluntarios votados supuestamente por nosotros, los propietarios. Luego de actualizaciones fiscales algo nebulosas, se abrió la reunión, otorgándosele a todos la oportunidad de comentar y compartir preocupaciones sobre el edificio.

Un vecino se alzó para leer una carta sobre los alquileres a corto plazo. Algo nervioso, encontró el apoyo de varios ojos en la audiencia, y comenzó a leer con más seguridad. Explicó cómo, al existir varias unidades destinadas exclusivamente a los alquileres de corto plazo, los residentes pagaban el precio. Enumeró la desmejora de la infraestructura, los incidentes de seguridad y la sensación de falta de comunidad en el edificio. Esto me trajo a la mente las muchas veces en que me había tropezado con un sinfín de valijas en el vestíbulo, o había tropezado en el ascensor con desconocidos intoxicados.

Mis rumias y la lectura de la carta fueron interrumpidas por el tesorero del consejo. Rojo y goteando sudor, el hombre gritó que esa reunión no era el lugar para hablar del tema. Algo confundidos, los residentes nos miramos unos a otros: si la reunión anual de propietarios no era momento ¿Cuál podría serlo?

La disrupción estalló en micro reuniones, en las cuales la información comenzó a fluir. Un vecino con aire cansado me informó que cuatro de los cinco miembros del Consejo vivían fuera del edificio y que todos operaban alquileres a corto plazo, es decir, de 28 días o menos. Otro grupo se congregó con el nuestro, y entonces me enteré de que el hombre que había interrumpido, junto con su hijo, era dueño de siete apartamentos, seis de ellos utilizados para alquileres de corto plazo. Entendí, algo tarde, que el modelo de negocios explotaba la falta de comunicación entre vecinos, y la negligencia de nuestra responsabilidad hacia el edificio y el prójimo. Concluida la reunión, me acerqué a la mujer del volante, le agradecí la iniciativa y pasándole un papelito con mi correo electrónico, le pedí que me incluyera en las listas de contactos que se fueran formando.

En poco tiempo establecimos una red de unos 50 propietarios. Yo, que en algún momento fui rápida en cerrar la puerta del ascensor por pavor a una conversación, comencé a pasear al perro seis veces al día para ver si lograba conocer e informar a más vecinos. A través de nuestro grupo, comenzamos a rellenar huecos, a corroborar información, a comprender el alcance de la situación y comentar posibles planes de acción. Nos enteramos de robos, de fiestas interminables durante la semana, de familias en el vestíbulo demandando cambio de sábanas a los guardias de seguridad, un caso de un huésped saltando desde un balcón, y otro de un vecino asaltado en nuestro edificio. Supimos que, en diciembre de 2017, la ciudad de Toronto propuso una enmienda a la regulación de los alquileres a corto plazo. Las nuevas regulaciones, entre otras limitaciones, permiten estos alquileres sólo en la residencia primaria de los contratantes, por un máximo de 180 días al año, lo que inhabilitaría el hotel fantasma que se había montado a nuestra costa. Búsquedas en Google nos revelaron que algunos de aquellos “hoteleros estaban cobrando por encima de $350 dólares la noche, subsidiados por las cuotas mensuales de los propietarios y los residentes del edificio.

Escribimos una carta delineando lo que habíamos encontrado, pidiendo explicaciones tanto al Consejo del condominio como a la gerencia. No obtuvimos respuesta alguna, a pesar de haber adjuntado quince firmas a la carta. Calculamos entonces que nuestra mejor oportunidad sería reemplazar el consejo a medida que finalizara el plazo de cada posición. Ese año se abrirían tres posiciones, por lo que, si tres miembros de nuestro grupo resultaban electos, obtendríamos la mayoría.

Nos dividimos el edificio entre nosotros y en parejas salimos a buscar nuevos miembros. Detrás de las puertas encontramos vecinos ansiosos por compartir sus experiencias, aliviados al darse cuenta de que no eran los únicos en notar acontecimientos extraños. Claramente, no había sido yo la única en sentirme aislada o desinformada. Un vecino nos dijo que nos daría su voto porque nos habíamos tomado tiempo para hablar con él, algo que, a pesar de su larga permanencia en el edificio y las muchas elecciones transcurridas, jamás había sucedido. Aseguramos otro par de votos cuando, al notar la incomodidad de algunos residentes con el inglés, yo cambié al español y mi compañera al mandarín.

El 21 de noviembre ganamos las elecciones. Tres de los cinco miembros del Consejo actual pertenecen a nuestro grupo de residentes, viven dentro del condominio y no operan alquileres a corto plazo.

Por supuesto, mi edificio no es el único lugar afectado. David Wachsmuth, profesor en la Universidad de McGill, publicó un artículo que estima que, a través de AirBNB, en todo Canadá 31.000 casas se alquilaron con tal frecuencia que sin duda fueron retiradas del mercado inmobiliario. En ciudades como Toronto y Vancouver, donde los precios inmobiliarios son cada año más prohibitivos, la retención de viviendas para beneficio de pocos empeora la situación.

En diciembre de 2019 la municipalidad de Toronto actualizó su sitio web, comunicando que las nuevas regulaciones para el control de los alquileres a corto plazo serán implementadas en fases. La voz ya ha corrido en nuestro edificio, y varios apartamentos previamente utilizados para ese fin ahora se alquilan a largo plazo. Con un consejo que prioriza la seguridad de la comunidad, la regulación de la municipalidad, y una comunidad de propietarios que se comunica a diario, el desmantelamiento del hotel fantasma en nuestro edificio es inminente.

Para escribir este artículo solicité la ayuda de mis vecinos, entre ellos un muchacho de 29 años. Uno de los nuevos miembros del consejo, me explicó: Esto es importante, hay que arreglar estos problemas.” Charlamos sobre la comunidad que realizó tanto cambio en poco tiempo: “Algunos de nosotros fuimos persistentes, logramos hacer crecer el apoyo”. Estuvimos de acuerdo que el hablar cara a cara con otros, el pasarse cinco minutos en las áreas comunes, el saludar y presentarnos a vecinos que hemos visto por años hizo que el clima fuera más cómodo y trasparente. Para otras personas que perciban este problema en sus edificios, el primer paso es simple “preséntate a tus vecinos, paséate por el vestíbulo, habla un poco con quienes estén allí”.

Este diciembre celebramos juntos nuestra victoria. Entre samosas, mojitos, pastas y profiteroles alimentamos la memoria colectiva, nos entretuvimos intercambiando detalles de las batallas. Más de uno dijo que se alegraba de que hubiéramos enfrentado el problema juntos, y de que cambiamos el anonimato por la responsabilidad compartida. Planeamos otra fiesta para febrero, y otras, a partir de entonces.

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