«Only two black actors were nominated in the main acting categories…” hacía notar Deadline, una conocida publicación hollywoodense especializada en espectáculos al informar acerca de las candidaturas al Oscar 2020. Una de las nominadas es Cynthia Erivo, la actriz y cantante inglesa de padres nigerianos que encarnó a Harriet Tubman -la mujer que luego de haber escapado de la esclavitud colaboró para que cientos de otros como ella también lo hicieran a través de lo que se conoció como Underground Railroad-. El otro nominado es el español Antonio Banderas.

Pocas horas después y ante la avalancha de reacciones en las redes de personas que (quizás con la mejor de las intenciones) trataban de explicar que Antonio Banderas es blanco y europeo, la revista Vanity Fair consideró que era necesario justificar la confusión de sus colegas aclarando que: “Although Spaniards are not technically considered people of color, it should be noted that Antonio Banderas was nominated for his lead role in the Spanish-language drama Dolor y Gloria,”.

La primera de las citas puede ser considerada apenas como una muestra de las peligrosas tonterías a las que conduce la obsesión estadounidense -presente por suspuesto también entre nosotros- por el color de las personas. Pero la segunda es mucho más interesante.

En el párrafo que hemos tomado de Vanity Fair se reconoce que los españoles no podrían ser considerados “técnicamente” como gente de color, pero se realiza una aclaración: “it should be noted that…” que a su autor o autora debió parecerle muy necesaria: que la nominación de Banderas responde a su actuación en un film… en idioma español. Y eso cambia las cosas.

El interés de esta cita no radica sólo en el uso de la palabra “technically”, con la que se asume que no se está manejando una categoría científica sino tan sólo instrumental, es decir útil para algo -y en este caso cabría que nos preguntemos ¿útil para qué?-.

Lo que hace interesante esa frase es que deja al desnudo la íntima pero a menudo escondida relación existente, en el imaginario social anglosajón, entre la lengua que se habla y la raza a la que se pertenece… cuando la lengua es el español. Una relación que, por absurda que parezca, se encuentra tan naturalizada en norteamérica, que muchas veces pasa (y nos pasa) desapercibida.

El idioma español, en el contexto en el que nos manejamos, funciona en ocasiones como una especie de segunda piel. Pigmenta. Tiñe. Da color. Estigmatiza. El idioma español, dado que el 90% de sus hablantes somos latinoamericanos, deseuropeíza, latiniza y oscurece… ¡incluso a los europeos!

Y por eso es necesario que no perdamos de vista que detrás del reclamo inocente de que a Antonio Banderas se le devuelva su legítima piel y se le recozca su real color -o su falta de color-, también puede haber prejuicios y racismo. Un racismo soft y de baja intensidad, pero no menos insidioso, que asume que si se lo ha asimilado a otro grupo, se lo ha devaluado.

Porque lo que subyace invariablemente a la cuestión del color, es la noción de supremacía blanca y es la conservación de privilegios.

Por supuesto, que se le adjudique a Antonio Banderas un color que no es el suyo, no le quita los privilegios que como hombre blanco y europeo siempre habrá disfrutado. Pero cuando defendemos su derecho a ser blanco como si ser blanco fuera mejor que ser marrón, negro, rojo o amarillo, estamos admitiendo algo inadmisible y vendiendo nuestra propia identidad por un plato de lentejas.

En Dolor y Gloria, Antonio Banderas encarna un personaje inspirado en el propio director del film, Pedro Almodóvar, que fue, en la vida real, su maestro y quien lo descubrió como actor.

Se cuenta que hace ya 3 décadas, cuanto Banderas, tentado por Madonna y por la fama y la riqueza, decidió abandonar España y trasladarse a Hollywood, Almodóvar le advirtió que allí, pasado el tiempo, le quitarían el alma.

No se la quitaron. Y quiso la suerte que el actor se transformara, gracias a su talento y a su atractivo (que nunca está de más), en un ícono, no de lo “técnicamente” europeo, no de lo meramente español, sino de lo latino. Con la idea de mestizaje e incorrección que lo latino tiene incorporada.

Eso mismo , ¡ironías del destino! fue lo que ahora, sin haberle quitado del todo el alma, le sumó un color que quizás Banderas no sabía o no recordaba que tenía. Ese extraño e inabarcable color nuestro.

Ahora, después de tantos años, ya es como nosotros y le podemos dar la bienvenida. 🙂

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Nombre *