A mi papá le encanta leer, especialmente cuando estoy de visita. Tal vez demasiado: como hablante nativo del inglés, y como buen padre que trata de entender por qué su hijo estudia humanidades — y no una carrera tecnológica, como estaba pautado desde que el hijo entró a la pubertad –, leía una traducción al inglés de Cien años de soledad mientras yo tomaba un café. Nunca un hombre de sensibilidades, subió la mirada y dejó soltar su impaciencia con la prosa de Márquez.

–       ¿Cómo pueden flotar los recuerdos? ¿De dónde vienen? – preguntó.

Para satisfacer mi curiosidad, le pedí que me mostrara el fragmento sospechoso.

Between the covers of the books that no one had ever read again, in the old parchments damaged by dampness, a livid flower had prospered, and in the air that had been the purest and brightest in the house an unbearable smell of rotten memories floated.

En seguida ubiqué el fragmento en la versión original.

En las pastas de los libros que nadie había vuelto a leer, en los viejos pergaminos macerados por la humedad había prosperado una flora lívida, y en el aire que había sido el más puro y luminoso de la casa flotaba un insoportable olor de recuerdos podridos.

Ahí entendí su confusión. En español, cuando decimos “flotar”, no hay ningún movimiento, como el patito de goma que nos acompañaba en la bañera cuando éramos niños. En inglés esta palabra se refiere más bien al movimiento del aroma del Nespresso que George Clooney tanto promociona en esos comerciales del Super Bowl.

Me preguntaba por qué percibimos flotar como dos eventos diferentes según el idioma –  uno estático, como el patito de goma, y el otro, con movimiento, como el aroma del café de Clooney.

¿Cómo describirían la acción en este imagen?

Con poco esfuerzo, seguro pensaron en algo como el niño entró corriendo al recibo. En español, el verbo entró especifica en qué dirección el niño llegó al recibo (de afuera hacia adentro). Por otro lado, un hablante de inglés pensaría en algo como the boy ran into the living room, donde la dirección con la que entró el niño al cuarto está especificada por la preposición into, y el verbo ran más bien especifica el modo en que el niño entró al recibo (corriendo).

Por lo tanto, en inglés el verbo contiene el modo en que fue llevado a cabo pero no la trayectoria en que fue realizada, mientras que en español es al revés: contiene la trayectoria pero no el modo.

Vemos aquí una clara diferencia sobre qué información contiene el verbo que describe al evento el niño entró corriendo al recibo entre el inglés y español. ¿Esto quiere decir que los hispanoparlantes y los hablantes del inglés también perciben los eventos de manera diferente?

Según un estudio de la Universidad de Delaware aplicado a hablantes de griego (que también codifican la dirección en los verbos, como en el español), la respuesta es: en parte. Encontraron que la lengua influye sobre qué consideramos que es el aspecto principal del evento y qué consideramos que son los detalles del evento. En el ejemplo de el niño entró corriendo al recibo, los hispanoparlantes se fijarían primero en la trayectoria de la acción del evento, pues es lo que codifica el verbo entró. Después se fijarían en los detalles, como el modo de la acción del evento (corriendo). Por otro lado, para los hablantes del inglés sería al revés: se fijarían primero en el modo, y luego en la trayectoria del evento como detalle. Como la memoria siempre favorece lo más reciente, los científicos de la Universidad de Delaware se encontraron con un resultado sorprendente: con el paso del tiempo los hablantes se fijan más en los detalles del evento que en el aspecto principal. Así, los hispanoparlantes se fijarían más en el modo del evento (corriendo), y los hablantes del inglés en la trayectoria de la acción del evento (de adentro hacia afuera).

La estructura de la lengua no es el único factor que influye a la hora de percibir un evento. Un estudio realizado en Suiza reveló que la habilidad para leer y escribir también es un factor.

Aquí un niño regala flores a una niña.

Quienes estamos alfabetizados en una lengua cuya direccionalidad es de izquierda a derecha, como el español o el resto de las lenguas europeas, leemos los agentes de la acción en ese mismo sentido: primero mencionamos al niño, luego a la niña. Sin embargo, el estudio suizo reveló que no había ninguna preferencia para hablantes analfabetos: a veces mencionaron al niño primero, a veces mencionaron a la niña primero. Entonces era cierto lo que el maestro nos decía en la escuela: poder leer cambia tu visión del mundo — literalmente.

¿Y qué pasa con los bilingües? ¿Perciben los eventos como hispanoparlantes, angloparlantes, o algo por el medio? En realidad, depende del idioma que el bilingüe está usando en el momento. Un estudio realizado por la Universidad de Arizona encontró que bilingües inglés-español que aprendieron su segundo idioma después de los 13 años describían los eventos de movimiento con verbos de trayectoria como entró cuando hablaban en español. Esto sugiere que pensar como un hispanohablante o como un angloparlante en un bilingüe ocurre al momento de hablar — una especie de “pensar-para-hablar”.

Juego con el patito de goma mientras tomo el café (de Tim Horton’s — la vida del estudiante no es para nada lujosa, lamentablemente). Me acuerdo que con el patito no importaba hacia dónde va — sólo importa cómo está flotando. Es decir, sólo importa el modo del evento de flotar. En cambio, en el caso de Clooney, es muy importante hacia dónde va el aroma del café: no es lo mismo que tiente a su rival Jean Dujardin que a una de las mujeres de medidas perfectas que suelen estar asociadas con la historia amorosa del actor. Esta inversión de lo esperado — que flotar del español estuviera asociado con trayectoria y flotar del inglés fuera asociado con modo — concuerda con los resultados de la Universidad de Delaware: a largo plazo, le damos prioridad a los detalles.

Después me pregunto por qué no me di cuenta de esto antes. Como bilingüe me sorprende la poca atención que doy al modo de expresar eventos tanto en el inglés como en el español — no pienso mucho cuando cambio de un idioma al otro. Esto tal vez es resultado del “pensar-para-hablar”: en el acto de habla está el pensamiento. Por eso posiblemente el acto de escribir es tan terapeútico: tal vez los pensamientos no empiezan con la palabra pero ciertamente terminan con ella.

Mi papá levanta su mirada otra vez. Me pregunta qué rayos hago con un patito de goma.

 


[*] Alex Tough, estudiante de licenciatura en Computación y Español, Universidad de Toronto – Este trabajo fue realizado para el curso SPA324: Spanish Bilingualism.


Asesora académica: Prof. Ana T. Pérez-Leroux.

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