Por alguna razón nunca bien explicada, tendemos a ver a Cortázar como un argentino «autoexiliado cultural» en París y no como un inmigrante latinoamericano.
Quizás nos resulta difícil reconocer que una palabra tan vulgar y aplicable a tantos de nosotros, una palabra que en general está vinculada a la necesidad, a la insatisfacción, a la persecución, a la desilusión, o directamente a la miseria, se pueda usar para definir a alguien tan extraordinario. Tan alejado, en su momento, de cualquier molde.
Pero dejando esas consideraciones aparte y sin pretender que el tema de qué hacer con las palabras cuando se empeñan en decir algo que no quisiéramos que digan pueda resolverse alguna vez, fue inevitable comenzar esta sección recordando aquella obra: 62 Modelo para armar, en la que el autor buscaba transformar a sus lectores en una parte activa del relato y en la que era necesario encontrar, de algún modo, el hilo de la narración para ubicar en ella a sus personajes. Porque además, el hecho de que aquella novela nos obligara a saltar de ciudad en ciudad y de idioma en idioma, prefiguraba lo que a muchos de sus lectores nos sucedería tiempo después, ya no en la ficción ajena y muchas veces -con y si razón- envidiable, sino en nuestra inevitable realidad.
El mosaico de testimonios de la diáspora, de motivaciones para emigrar, de tiempos, de geografías, de estilos narrativos y de circunstancias sociopolíticas que se podrían ver reflejados en esta sección -si nuestros invitados consulares lo quisieran- será seguramente caótico, pero posiblemente tendrá sentido. Y como en 62 Modelo para armar, el sentido de lo que aquí se publique será el que los lectores quieran y puedan darle.
Intentaremos, por otra parte, no olvidar algo que la imagen con la que hemos encabezado este patio no nos oculta pero tampoco nos muestra con suficiente honestidad.

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En las fotografías que captan ese momento mágico en el que las semillas del diente de león comienzan su dispersión llevadas por el viento, tan usadas para alegorizar las diáporas, lo maravilloso del mecanismo y su belleza, suele ocultarnos el vacío que queda en el lugar donde las semillas estuvieron.
En el diente de leon se trata de un proceso no sólo inevitable sino necesario y deseable… y allí está la falla de todas las imágenes que usamos como metáforas o alegorías de la inmigración. Las diásporas humanas, como todo lo nuestro, son procesos ambiguos en los que los vacíos que se dejan importan tanto como las oportunidades que se crean. Quizás fuera eso lo que Cortázar nos indicaba en la fotografía con la que iniciamos esta entrada.

 

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